El Sevilla sujeta al Barcelona

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Las carreras de los entrenadores, habitualmente, no se forjan a partir de las victorias, sino de las derrotas. Quizá porque no haya nada más rutinario que el fracaso. Julen Lopetegui fue despedido de la selección española antes de vivir el sueño de todo profesional, participar en un Mundial. Fue despedido del Real Madrid después de ser arrasado por el Barcelona (5-1). La picadora del fútbol, siempre implacable, amenazaba con despedazar el devenir de un preparador convertido de repente en proscrito. Monchi no reparó en los naufragios ajenos, sino en las razones que habían llevado al guipuzcoano a hacerse un hueco en los banquillos de élite. Quien viera el amanecer de su Sevilla este domingo en el Camp Nou, majestuoso con el balón y con aire a equipo superlativo, podrá entender la importancia del camino en el crecimiento.

Frente a ese nuevo Barcelona de Koeman que venía de gustarse de lo lindo ante el Villarreal y el Celta, el Sevilla no sólo no salió intimidado. Sino que se dispuso a adueñarse del escenario ante la orgullosa mirada de Lopetegui, que no pudo moverse de la grada al estar cumpliendo un partido de sanción. La amenaza visitante no tenía nada de artificial. En un santiamén ya había provocado una clara ocasión mediante un centro de Suso cabeceado alto por Ocampos, pero también el primer gol del partido.

No creyó conveniente el Barça aumentar la vigilancia en un córner en corto. Sin reparar en que Suso no encontraría demasiada oposición defensiva en Ansu Fati, incapaz de evitar el origen del tanto. Frenkie de Jong, desplazado por un Koundé mucho más fuerte y atento, despejó hacia la zona de influencia de su compatriota Luuk de Jong. Y el ariete, un martillo con la portería de frente, sólo tuvo que embocar el balón con toda la fuerza que le proporcionó su bota izquierda. Neto reaccionó con la pelota ya dentro.

La respuesta de Coutinho

Consciente el Barcelona de que la noche le arrimaría sin duda al sufrimiento, al menos supo interpretar el partido. Todo pasaba por mantener un cierto orden pese a la presión avanzada del Sevilla, por intentar que nada pasara y, sobre todo, por finalizar cualquiera de las transiciones que se le presentaran. Porque si bien era el Sevilla quien llevaba la batuta, por mucho que el regreso de Rakitic al Camp Nou no provocara un sentimiento de añoranza, a los azulgrana les bastaba con poco para crear peligro.

De ahí que la respuesta barcelonista fuera tan inmediata. Messi que se pasó el partido buscando sin éxito un lugar por donde progresar sin demasiada oposición, tuvo que rememorar viejos mecanismos. Buscó el argentino a su manera la carrera de Jordi Alba por el carril zurdo. Y Jesús Navas, que ya sabía lo que le venía encima, prefirió evitar el daño atacando el cuero. Con la mala fortuna de que su rechace abrió los cielos a Coutinho, atento y con el pie a punto para el empate. Entre los dos goles ni siquiera habían transcurrido dos minutos.

Pero el Barcelona nunca fue capaz de cambiar la dinámica de la noche. Sergio Busquets y Frenkie de Jong amontonaban pérdidas y se mostraban incapaces de encontrar líneas de pase para la legión de mediapuntas. Messi, Ansu, Coutinho y Griezmann quedaban recluidos en una zona de tres cuartos repleta de barrotes. Entre Fernando, Joan Jordán, Diego Carlos y Koundé negaron toda esperanza ofensiva del equipo de Koeman en el ataque estático. Y los chispazos dejaron de ser suficientes. Apenas un remate en caída de Griezmann, otra vez espectral y desatendido, y otro cruzado de Messi permitían cierto alivio.

Estreno de Sergiño Dest

El Sevilla, en cambio, iba enhebrando fases de avance y repliegue con la seguridad de tener el partido en la cabeza. Antes de que concluyera el primer acto ya había husmeado el segundo tanto en un centro de Suso al que no llegó Fernando, y en otra pérdida de Frenkie de Jong. También dispuso de alguna opción en el segundo acto. Araujo, que no se dejó intimidar en su obligada titularidad por la sanción de Lenglet, despejó a la madera. Mientras que Koundé fue uno más de los que buscaron la red a balón parado.

Koeman buscaba respuestas. Emergieron Pedri, Trincao, Pjanic, e incluso el debutante Sergiño Dest, sustituto del lesionado Jordi Alba y de lo más descarado en su puesta de largo. Aunque se advirtiera mejoría, ninguna salida había al laberinto dibujado por Lopetegui, un tormento para el Inter en la Europa League, para el Bayern en la final de la Supercopa de Europa, y ahora también para este Barcelona de nuevo cuño. Messi, en la última bocanada, aún buscó un gol liberador y reclamó un penalti de Diego Carlos en el añadido. El central le dio un pisotón en el área justo después de tocar la pelota. Nada opuso esta vez el VAR. No eran horas para complicarse la vida. Bono ya le había sacado otra a Trincao, por lo que el empate se mantuvo.

Tumbar a este Sevilla supone un trabajo titánico. Una faena para la que este Barcelona, pese a su mejoría, aún no está preparado.

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